Vegetación revela la profundidad de la crisis hídrica en Chihuahua, advierte investigador de la UACH

La crisis hídrica que enfrenta el estado de Chihuahua no solo se refleja en la escasez de agua en colonias urbanas o en la sobreexplotación de acuíferos, sino también en el deterioro visible de sus ecosistemas. Así lo advierte el investigador Rubén Alejandro Martínez Flores, quien plantea que la vegetación es un indicador clave para entender la magnitud del problema.

El especialista, estudiante del Doctorado en Recursos Naturales de la Universidad Autónoma de Chihuahua, sostiene que el estado de pastizales, matorrales y bosques funciona como un “termómetro” ambiental que permite identificar si la gestión del agua en el territorio es adecuada o no.

“Así como la fiebre indica que algo no está bien en el cuerpo humano, la degradación de la vegetación refleja fallas en la forma en que se distribuye y utiliza el agua”, explicó.

Ecosistemas bajo presión

En una entidad caracterizada por su clima semiárido, la relación entre agua y vegetación es determinante. Chihuahua cuenta con una amplia diversidad de ecosistemas: pastizales (24% del territorio), matorrales (32%), bosques templados (29%) y selva baja caducifolia (3%), cada uno con respuestas distintas a la disponibilidad hídrica.

 

 

 

Martínez Flores advierte que estos ecosistemas están mostrando señales claras de deterioro. En los pastizales, por ejemplo, la invasión de especies exóticas como el zacate africano ha desplazado a los pastos nativos, reduciendo la capacidad del suelo para infiltrar agua.

En el caso de los matorrales, la expansión de especies como la gobernadora en zonas sobrepastoreadas indica una menor disponibilidad de agua para sostener biodiversidad. Mientras tanto, en los bosques de la Sierra Tarahumara, la deforestación y el cambio de uso de suelo han afectado la recarga de acuíferos, incrementando la escorrentía y reduciendo la infiltración.

Incluso la selva baja caducifolia, ubicada en barrancas, ha perdido su capacidad de regulación hídrica debido a la degradación provocada por actividades humanas.

Más que escasez: una crisis de desigualdad

El investigador subraya que el problema del agua en Chihuahua no se limita a la falta del recurso, sino que responde a decisiones estructurales que han privilegiado ciertos usos sobre otros.

“El agua se ha concentrado en sectores como la agricultura de riego, la industria y las zonas urbanas, mientras comunidades rurales y ecosistemas quedan en desventaja”, explicó.

Como ejemplo, mencionó la sobreexplotación de acuíferos, la concentración de derechos de agua y la reducción de caudales ecológicos en ríos como el Río Conchos, lo que ha generado un desequilibrio ambiental y social.

Propuestas para revertir la tendencia

Ante este panorama, Martínez Flores plantea una serie de acciones para abordar la crisis desde una perspectiva ecológica:

  • Incorporar indicadores de vegetación en la gestión del agua para detectar deterioro temprano.
  • Restaurar ecosistemas clave mediante reforestación con especies nativas.
  • Establecer límites a la extracción de agua considerando las necesidades de los ecosistemas.
  • Fortalecer la participación de comunidades y academia en la toma de decisiones.

Estas medidas, señala, permitirían no solo atender los síntomas de la crisis, sino también sus causas estructurales.

Un mensaje desde la naturaleza

El investigador concluye que la vegetación no es únicamente parte del paisaje, sino una herramienta para entender la justicia o desigualdad en el acceso al agua.

“La naturaleza ya nos está diciendo lo que ocurre. Nuestros ecosistemas están enviando señales claras. El reto es aprender a interpretarlas y actuar en consecuencia”, afirmó.

En un contexto donde la escasez de agua se vuelve cada vez más evidente, la lectura de estos indicadores naturales podría ser clave para definir el futuro hídrico de Chihuahua.

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